27 febrero 2026

LAURA DSK INCENDIA MADRID CON UN ‘SOLD OUT’ DE ALTO VOLTAJE EN LA SALA NAZCA

 Hay conciertos que se disfrutan y otros que se sobreviven. Lo de Laura DSK el 21 de febrero en la Sala Nazca fue claramente de los segundos. Madrid colgó el cartel de sold out con antelación y desde bastante antes de la hora de inicio ya se respiraba ese cosquilleo que solo aparece cuando sabes que va a pasar algo serio. Nada de postureo ni medias tintas: lo suyo fue un directo de los que te agarran por el cuello y no te sueltan hasta que se encienden las luces.


Con la sala a reventar y el público apretando desde las primeras filas hasta la barra, el arranque del show fue un golpe seco sobre la mesa. Sonido contundente, banda engrasada y Laura saliendo a por todas, sin calentamientos innecesarios. Actitud rock, presencia magnética y esa forma de plantarse en el escenario que mezcla chulería, cercanía y una seguridad que se contagia. Cada gesto, cada mirada y cada paso tenían intención.

El repertorio fue un viaje medido al milímetro, alternando los temas más coreados con otros que ganan músculo en directo. Las guitarras sonaron afiladas, la base rítmica empujó como una apisonadora y la voz de Laura se movió con soltura entre la rabia, la melodía y ese punto desgarrado que hace que todo suene honesto. Aquí no hubo trampa ni cartón: lo que pasó en la Nazca fue rock en estado puro.

El público jugó su propio papel en la película. No fue un simple espectador, fue parte activa del concierto. Coros que tapaban por momentos al propio equipo de sonido, saltos en bloque, pogos en los temas más eléctricos y una comunión constante entre escenario y pista. De esas noches en las que la distancia entre artista y gente desaparece.


Uno de los picos emocionales y sonoros llegó con “Al monte”. Desde los primeros acordes se supo que era uno de los momentos marcados en rojo. La reacción fue inmediata: manos arriba, gritos y una sala entera cantando como si fuera un himno generacional. Es una de esas canciones que pertenecen al público casi tanto como a quien la compone, y en directo se transforma en algo todavía más grande. Sonó cruda, intensa, con la banda empujando al límite y Laura dejándose la garganta. La Nazca se convirtió en una olla a presión y durante esos minutos no hubo nada más fuera de esas paredes.

No faltaron los guiños, las palabras de agradecimiento y esa sensación constante de que el concierto estaba siendo especial también para quien estaba sobre el escenario. Laura manejó los tiempos con inteligencia, sabiendo cuándo apretar y cuándo dejar respirar a la sala antes de volver a lanzar otro zarpazo.

El tramo final fue directamente demoledor. Lejos de bajar el pistón, la banda pisó el acelerador y convirtió la recta final en una descarga de energía sin concesiones. El público, completamente entregado, respondió como si acabara de empezar el concierto. Últimos temas convertidos en auténticos himnos colectivos y una despedida a la altura de la noche: sudor, sonrisas y la sensación de haber vivido algo que no se repite.


Lo del 21 de febrero en la Sala Nazca no fue solo otro sold out. Fue la confirmación de que Laura DSK ha construido un directo sólido, creíble y con personalidad propia. Sin artificios, sin necesidad de disfrazar nada y con un repertorio que funciona como gasolina sobre el escenario.

Madrid salió de allí con la camiseta empapada, la voz rota y esa felicidad que solo dejan los conciertos de verdad. Y la sensación, cada vez menos discutible, de que lo suyo ya no va de promesas: va de presente, de carretera y de volumen alto. 

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